Como casi todos, uno tiene que pasar por una fase de su vida que no sirve para nada (o casi nada) que es la fase universitaria. No es que no sirva en sí misma, sino que esta muy mal orientada, y como esto no cambie nos vamos a quedar sin universitarios. Por otra parte y aunque parezca una contradicción me parece algo por lo que hay que pasar, como la mili de nuestros padres, que era una soberana equivocación, pero en la que se aprendían principios que nos forman como personas: el compañerismo, la amistad, la generosidad... amén de otros que nos formaban como animales: manejo de armas, la obediencia irracional, la sumisión, la humillación...
En otra ocasión me extenderé con algunas ideas sobre la universidad, pero vamos al grano. El otro día tuve una revisión de examen de una asignatura. La cosa no pintaba bien cuando antes de que llegara la hora de la revisión ya estabamos más de cien personas haciendo cola como si regalaron algo. Tras cuatro horas de espera que no consiguieron disuadirme de mi propósito, conseguí que me entregaran el examen para ver como me habían puntuado. Cuando lo tuve en mis manos solicité la presencia de la profesora para que me explicara por qué estaba mal la solución que yo había propuesto. En clase habían hecho himcapié en que había distintas formas de resolver este problema concreto (se trataba de hacer un diagrama) siempre y cuando éste estuviese correspondientemente explicado. Ahora bien, todos los que estábamos en la revisión teniamos automaticamente la mitad de la puntuación de ese ejercicio por el hecho de no haber propuesto una solución identica a la de la profesora. Varios insintimos en que la nuestra era correcta, estaba bien explicada y era completa (resolvia el problema propuesto en el enunciado), explicandoselo además de palabra a ella.
En este punto es en el que se inició lo que voy a llamar una Lucha de Egos. Por una parte estábamos los estudiantes que lo único que queríamos era una corrección justa, y por otra estaba la profesora que abrumada por los argumentos y la insistencia de los alumnos inició una guerra que teníamos de antemano perdida. Se atrincheró en el argumento de que no podíamos cuestionar su solución, cosa que en ningún momento hicimos, y sentenció que no era objeto de reclamación cualquier aspecto que tuviera que ver con ese apartado del examen. Creyó que los alumnos estabamos cuestionando al maestro, cosa que podríamos haber hecho, pues durante el curso hizo patente su completa incompetencia y desconocimiento de la asignatura, y se sintió herida en su orgullo, optando por una postura cerrada que ocultase su total incapacidad para entender cualquier argumento que no saliese masticado de la solución que presumiblemente había sacado de un libro.
A veces parece que no tratemos con personas, sino con animales en celo que marquen su territorio para que su raza prevalezca. ¡Joder!, si es que somos animales.